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El
nido de cóndores Fantasía (Fragmento) |
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I ¡En la negra tiniebla se destaca como un brazo extendido hacia el vacío para imponer silencio a sus rumores un peñasco sombrío! Blanca venda de nieve lo circunda de nieve que gotea como la negra sangre de una herida abierta en la pelea. ¡Todo es silencio en torno! Hasta las nubes van pasando, calladas, como tropas de espectros, que dispersan las ráfagas heladas. ¡Todo es silencio en torno! Pero hay algo en el peñasco mismo que se mueve y palpita cual si fuera el corazón enfermo del abismo. Es un nido de cóndores, colgado de su cuello gigante, que el viento de las cumbres balancea como un pendón flotante. Es un nido de cóndores andinos en cuyo negro seno ¡Parecen que fermentan las borrascas y que dormita el trueno! Aquella negra masa se estremece con inquietud extraña: ¡Es que sueña con algo que lo agita el viejo morador de la montaña! No sueña con el valle ni la sierra de encantadoras galas: ni menos con la espuma del torrente que humedeció sus alas. ¡No sueña con el pico inaccesible que en la noche se inflama, despeñando por riscos y quebradas sus témpanos de llama! ¡No sueña con la nube voladora que pasó en la mañana, arrastrando en los campos del espacio su túnica de grana! ¡Muchas nubes pasaron a su vista, holló muchos volcanes, su plumaje mojaron y rizaron torrentes y huracanes! Es algo más querido lo que causa su agitación extraña: ¡Un recuerdo que bulle en la cabeza del viejo morador de la montaña! En la tarde anterior, cuando volvía, vencedor inclemente, trayendo los despojos palpitantes en la garra potente, bajaban dos viajeros presurosos la rápida ladera, un niño y un anciano de alta talla y blanca cabellera. Hablaban en voz alta, y el anciano, con acento vibrante, "¡Vendrá, exclamaba, el héroe predilecto de esta cumbre gigante!". El cóndor. al oírlo, batió el vuelo, lanzó ronco graznido y fue a posar el ala fatigada sobre el desierto nido. ¡Inquieto, tembloroso, como herido de fúnebre congoja, pasó la noche, y sorprendiólo el alba con su pupila roja! II Enjambres de recuerdos punzadores pasaban en tropel por su memoria. ¡Recuerdos de otros tiempos de esplendores de otros tiempos de glorias, en que era breve espacio a su ardimiento la anchurosa región del vago viento! Blanco el cuello y el ala reluciente, iba en pos de la niebla fugitiva, dando caza a las nubes en oriente o con mirada altiva en la garra pujante se apoyaba ¡Cual se apoya un titán sobre su clava! Una mañana, ¡inolvidable día!, ya iba a soltar el vuelo soberano para surcar la inmensidad sombría y descender al llano a celebrar, con ansia convulsiva, su sangriento festín de carne viva. Cuando sintió un rumor nunca escuchado en las hondas gargantas de occidente ¡El rumor del torrente desatado, la cólera rugiente del volcán que, en horrible paroxismo, se revuelca en el fondo del abismo! Choque de armas y cánticos de guerra resonaron después. Relincho agudo lanzó el corcel de la argentina tierra desde el peñasco mudo ¡Y vibraron los bélicos clarines, del Ande gigantesco en los confines! Crecida muchedumbre se agolpaba, cual las ondas del mar en sus linderos, infantes y jinetes avanzaban, desnudos los aceros ¡Y, atónita al sentirlos, la montaña bajó la frente y desgarró su entraña! ¿Dónde van? ¿Dónde van? Dios los empuja, amor de Patria y libertad los guía, donde más fuerte la tormenta ruja, donde la onda bravía más ruda azote el piélago profundo ¡Van a morir o libertar un mundo! III Pensativo, a su frente, cual si fuera en muda discusión con el destino, iba el héroe inmortal que en la ribera del gran río argentino al león hispano asió de la melena ¡Y lo arrastró por la sangrienta arena! El cóndor lo miró, voló del Ande a la cresta más alta, repitiendo con estridente grito: "¡Este es el grande!". Y San Martín, oyendo, cual si fuera el presagio de la historia, Dijo a su vez: "¡Mirad! ¡Esa es mi gloria!". |
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