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Primeros Años
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Vida política
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El final
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El
fin y el duelo
El
18 de julio de 1952 ocurrió una señal de que su
vida se estaba apagando. Entró en un aparente estado de
coma. Ante tal situación, los médicos llamaron al
padre Benítez, un equipo de resucitación y, otro,
de oxigenoterapia.


El 26 de julio comenzó normalmente, pero a las 10 Evita
entró en un sopor del que ya no saldría. Esto instó
a los médicos a realizar el primer comunicado. El último
comunicado, a las 20, avisó que la salud de la enferma
había empeorado. El lecho fue rodeado por todos sus hermanos
y sus más allegados colaboradores. A las 20 y 23 el Doctor
Taquini miró a Perón diciendo: "No hay pulso".


A las 21 y 36 el locutor J. Furnot leyó por la cadena de
radiodifusión: "Cumple la Secretaría de
Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo
deber de informar al pueblo de la República que a las 20.25
horas ha fallecido la Señora Eva Perón, Jefa Espiritual
de la Nación. Los restos de la Señora Eva Perón
serán conducidos mañana, al Ministerio de Trabajo
y Previsión, donde se instalará la capilla ardiente...".


Un gran silencio comenzó a cancelar todas las actividades
del país. Los transeúntes se marcharon a sus casas.
Las radios irradiaron música sacra. Cines, teatros y confiterías
cerraron sus puertas. Sus últimos deseos, expresados a
Perón, habían sido que no quería que su cuerpo
se consumiera bajo tierra y que quería ser embalsamada.
Se llamó al Doctor Pedro Ara para que hiciera este trabajo.


La CGT decretó un duelo de 72 horas y en las plazas de
todos los barrios porteños se erigieron pequeños
altares con la imagen de Eva y un crespón negro recordándola.
El día 27 su cuerpo se trasladó al Ministerio de
Trabajo y Previsión. El multitudinario velatorio se prolongó
hasta el 9 de agosto. La cola era de aproximadamente 35 cuadras.
La Fundación repartía frazadas para afrontar las
adversas condiciones que se presentaron durante el velatorio y
hasta se instalaron puestos sanitarios para la atención
de las personas que esperaban.


Llegado el 9 de agosto el cuerpo fue trasladado al Congreso Nacional
para rendirle los correspondientes honores. Al día siguiente,
la mayor procesión nunca vista en Argentina hasta ese momento
fue presenciada por 2 millones de personas, a lo largo de Rivadavia,
Avenida de Mayo, Hipólito Irigoyen y Paseo Colón.
Estuvo precedida por 9 patrulleros de la policía. Más
de 15 mil soldados rindieron honores militares y la cureña
fue arrastrada por 45 gremialistas y escoltada por cadetes de
institutos militares, alumnos de la Ciudad Estudiantil, enfermeras
y trabajadoras de la Fundación. A las 17 y 50, mientras
la ciudad silenciosa era estremecida por una salva de 21 cañonazos
y cornetas del ejército, seis empleados de una empresa
fúnebre introdujeron el ataúd en el segundo piso
de la CGT, donde el Doctor Pedro Ara lo recibió para efectuar
el embalsamamiento, que duraría hasta 1955.

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