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El renunciamiento: comienza la agonía

Los años de apogeo del poder de Evita rondan el 50 y el 51. Son también los años que la enfrentarían con la enfermedad y su última elección: ¿ser vicepresidenta de la Nación?


El primer signo de su enfermedad apareció el 9 de enero de 1950: Evita cayó desfallecida en un acto inaugural del sindicato de taxistas en Puerto Nuevo. El 13 de enero la Subsecretaría de Informaciones anunció que la esposa del primer mandatario debería alejarse temporalmente de sus actividades e, incluso, internarse por unos días para una pequeña intervención quirúrgica que se realizaría días después.


El 14 de febrero sufrió un nuevo desmayo en la Fundación y fue trasladada a la residencia presidencial de la avenida Libertador. A los 15 días del incidente volvió a su ritmo de trabajo, en la Secretaría de Trabajo y Previsión. En 1951 ya su ritmo de trabajo había descendido considerablemente y los dolores comenzaban a postrarla. Ese año las elecciones se aproximaban.


El 2 de agosto de 1951 la CGT pidió a Perón que aceptara la reelección (hecho posible a partir de la reforma constitucional de 1949) y expresó su anhelo de que Evita lo acompañara en la fórmula. El 22 de agosto, en
multitudinaria concentración en la Avenida 9 de Julio, se reiteró la adhesión y el pedido de aceptación: fue el Cabildo Abierto del Justicialismo. Evita se dirigió a la multitud, pero eludió en su discurso la respuesta. Evita reclamaba tiempo para tomar la decisión.


El 31 de agosto, renunció por la cadena nacional de radiodifusión, con las siguientes palabras apagadas y graves: "...Quiero comunicar al pueblo argentino mi decisión irrevocable y definitiva de renunciar al honor con que los trabajadores y el pueblo de mi patria quisieron honrarme en el histórico Cabildo Abierto del 22 de agosto...".


El 28 de septiembre las masas populares se dirigían a la Plaza de Mayo. Surgió la primera confirmación oficial de que Evita estaba padeciendo una leve anemia. Estaba tratándose con transfusiones de sangre y reposaba. Por eso era que no se presentaría ante las masas enfervorizadas. Esa misma noche Eva habló por radio y dijo: "...Pero no quiero que termine este día memorable sin hacerles llegar mi palabra de agradecimiento y de homenaje uniendo así mi corazón de mujer argentina y peronista...".


La campaña electoral no contó con su presencia, pero tampoco la precisaba: su ausencia era más emotiva y resonante que su voz o su imagen. El 15 de octubre, dos días antes de la fecha histórica, Eva lanzó su libro "La razón de mi vida", con una primera edición de 300 mil ejemplares y excelentes críticas en los círculos literarios. El 17 de octubre pudo, por primera vez en 24 días, levantarse de su lecho para asistir vestida de negro al acto. La CGT le entregó la Distinción del Reconocimiento y, el Presidente Juan Perón, la Gran Medalla Peronista en Grado Extraordinario. En el discurso de aquel día Eva nombró nueve veces a su propia muerte. Ese discurso es considerado por muchos como su testamento político.


El 5 de noviembre la operó el prestigioso médico cancerígeno norteamericano George Pack. En su pronóstico advirtió que, de mantener reposo absoluto, en un plazo de seis a doce meses se podría prolongar su vida. Sin embargo, todos los datos coinciden en afirmar que la operación a la que fue sometida entonces fue tardía: el cáncer ya se había derramado en metástasis por todo el cuerpo.


Llegado el 11 de noviembre de 1951 se efectuaron los comicios donde Perón fue reelecto con un 60%. Eva votó desde su cama con entera felicidad, sabiendo que su obra había tenido éxito y que sería para siempre.


En abril de 1952 llegó a pesar 38 kilos. El Doctor Pedro Ara, en su obra póstuma cita: "... Si su espíritu pareció seguir lúcido y vibrante hasta el fin, su cuerpo habíase reducido al simple revestimiento de sus laceradas vísceras y de sus huesos. En 33 kilos parece que llegó a quedar aquella señora tan fuerte y bien plantada en la vida...".


Así, hasta fines de abril de 1952 anduvo a media máquina. Permanecía semanas enteras en la residencia presidencial o en la quinta de Olivos, a veces levantada, a veces en cama. Recibía bastante gente, pese a las indicaciones médicas, pero la fatiga la obligaba a cada rato a suspender las visitas. Incluso, algunas veces, se presentó en actos públicos.


El 1° de mayo asistió al acto junto a Perón. El pueblo, al verla, la alentó a decir su discurso, el último y el más fuerte en su contenido doctrinario en apoyo al ideario peronista. Con mucho esfuerzo lo pronunció. Al terminar, cayó en brazos de Perón. El 7 de mayo cumplió años y recibió el título de Jefa Espiritual de la Nación. En la avenida Libertador miles de personas se apretujaban para saludarla y una caravana de 130 taxis tocaba sus bocinas en saludo. Finalmente, apareció en la gran terraza, saludando con debilidad a la multitud.


El 4 de junio Perón asumió por segunda vez la presidencia. Eva se volvió a obstinar y le mandaron a decir que en la calle hacia mucho frío. A lo que ella respondió con enojo: "...Eso se lo manda a decir Perón. Pero yo voy igual: la única manera de que me quede en esta cama es estando muerta...". Con una masiva dosis de calmantes, concurrió al acto de asunción, donde se negó a sentarse. Ya agonizante, fue trasladada a un vestidor, acondicionado con todo lo necesario.


Juan Domingo Perón recordaría esta época diciendo: "...Aquellos días de cama fueron un infierno para Evita. Estaba reducida a su piel, a través de la cual ya se podía ver el blancor de sus huesos. Sus ojos parecían vivos y elocuentes. Se posaban sobre todas las cosas, interrogaban a todos; a veces estaban serenos, a veces me parecían desesperados...".

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