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Historia
con migalas
Llegamos
a las dos de la tarde al bungalow y media hora después, fiel
a la cita telefónica, el joven gerente se presenta con las llaves,
pone en marcha la heladera y nos muestra el funcionamiento del calefón
y del aire acondicionado. Está entendido que nos quedaremos diez
días, que pagamos por adelantado. Abrimos las valijas y sacamos
lo necesario para la playa; ya nos instalaremos al caer la tarde, la
vista del Caribe cabrilleando al pie de la colina es demasiado tentadora.
Bajamos el sendero escarpado, incluso descubrimos un atajo entre matorrales
que nos hace ganar camino; hay apenas cien metros entre los bungalows
de la colina y el mar.
Anoche,
mientras guardábamos la ropa y ordenábamos las provisiones
compradas en Saint-Pierre, oímos las voces de quienes ocupaban
la otra ala del bungalow. Hablan muy bajo, no son las voces martiniquesas
llenas de color y risas. De cuando en cuando algunas palabras distintas;
inglés estadounidense, turistas sin duda. La primera impresión
es de desagrado, no sabemos por qué esperábamos una soledad
total aunque habíamos visto que cada bungalow (hay cuatro entre
macizos de flores, bananos, y cocoteros) es doble. Tal vez porque cuando
los vimos por primera vez después de complicadas pesquisas telefónicas
desde el hotel de Diamant, nos pareció que todo estaba vacío
y a la vez extrañamente habitado. La cabaña del restaurante,
por ejemplo, treinta metros más abajo: abandonada pero con algunas
botellas en el bar, vasos y cubiertos. Y en uno o dos de los bungalows
a través de las persianas se entreveían toallas, frascos
de lociones o de shampoo en los cuartos de baño.
El joven
gerente nos abrió uno enteramente vacío, y a una pregunta
vaga contestó no menos vagamente que el administrador se había
ido y que él se ocupaba de los bungalows por amistad hacia el
propietario. Mejor así, por supuesto, ya que buscábamos
soledad y playa; pero desde luego otros han pensado de la misma manera
y dos voces femeninas y norteamericanas murmuran en el ala contigua
al bungalow. Tabiques como de papel pero todo tan cómodo, tan
bien instalado. Dormimos interminablemente, cosa rara. Y si algo nos
hacía falta ahora era eso.
Amistades:
una gata mansa y pedigüeña, otra negra más salvaje
pero igualmente hambrienta. Los pájaros aquí vienen casi
a las manos y las lagartijas verdes se suben a la mesa a la caza de
las moscas. De lejos nos rodea una guirnalda de balidos de cabra, cinco
vacas y un ternero pastan en lo más alto de la colina y mugen
adecuadamente. Oímos también a los perros de las cabañas
en el fondo del valle; las dos gatas se sumarán esta noche al
concierto, es seguro.
La playa,
un desierto para criterios europeos. Unos pocos muchachos nadan y juegan,
cuerpos negros o canela danzan en la arena. A lo lejos una familia metropolitanos
o alemanes, tristemente blancos y rubios- organiza toallas, aceites
bronceadores y bolsones. Dejamos irse las horas en el agua o la arena,
incapaces de otra cosa, prolongando los rituales de las cremas y los
cigarrillos.
Todavía
no sentimos montar los recuerdos, esa necesidad de inventariar el pasado
que crece con la soledad y el hastío. Es precisamente lo contrario:
bloquear toda referencia a las semanas precedentes, los encuentros en
Delft, la noche en la granja de Erik. Si eso vuelve lo ahuyentamos como
a una bocanada de humo, el leve movimiento de la mano que aclara nuevamente
el aire.
Dos muchachas
bajan por el sendero de la colina eligen un sector distante, sombra
de cocoteros. Deducimos que son nuestras vecinas de bungalow, les imaginamos
secretariados o escuelas de párvulos de Detroit, en Nebraska.
Las vemos entrar juntas al mar, alejarse deportivamente, volver despacio,
saboreando el agua cálida y transparente, belleza que se vuelve
puro tópico cuando la describe, eterna cuestión de las
tarjetas postales. Hay dos veleros en el horizonte, de Saint-Pierre
sale una lancha con una esquiadora náutica que meritoriamente
se repone de cada caída, que son muchas.
Al anochecer
hemos vuelto a la playa después de la siesta, el día
declina entre grandes nubes blancas- nos decimos que esta navidad responderá
perfectamente a nuestro deseo: soledad, seguridad de que nadie conoce
nuestro paradero, estar a salvo de posibles dificultades y a la vez
de las estúpidas reuniones de fin de año y de los recuerdos
condicionados, agradable libertad de abrir un par de latas de conserva
y preparar un punch de ron blanco, jarabe de azúcar de caña
y limones verdes. Cenamos en la baranda, separada por un tabique de
bambúes de la terraza simétrica donde, ya tarde, escuchamos
de nuevo las voces apenas murmurantes. Somos una maravilla recíproca
como vecinos, nos respetamos de una manera casi exagerada. Si las muchachas
de la playa son realmente las ocupantes del bungalow, acaso están
preguntándose si las dos personas que han visto en la arena son
las que viven en la otra ala. La civilización tiene sus ventajas,
lo reconocemos entre dos tragos: ni gritos, ni transistores, ni tarareos
baratos. Ah, que se queden ahí los diez días en vez de
ser reemplazadas por matrimonio con niños. Cristo acaba de nacer
de nuevo; por nuestra parte podemos dormir.
Levantarse
con el sol, jugo de guayaba y café en tazones. La noche ha sido
larga, con ráfagas de lluvia confesadamente tropical, bruscos
diluvios que se cortan bruscamente arrepentidos. Los perros desde todos
los cuadrantes, aunque no había luna; ranas y pájaros,
ruidos que el oído ciudadano no alcanza a definir pero que acaso
explican los sueños que ahora recordamos con los primeros cigarrillos.
Aegri somnia. ¿De dónde viene la referencia? Charles Nodier,
o Nerval, a veces no podemos resistir a ese pasado de bibliotecas que
otras vocaciones borraron casi.
Nos contamos
los sueños donde larvas, amenazas inciertas, y no bienvenidas
pero previsibles exhumaciones tejen sus telarañas o nos las hacen
tejer. Nada sorprendente después de Delft (pero hemos decidido
no evocar los recuerdos inmediatos, ya habrá tiempo como siempre.
Curiosamente no nos afecta pensar en Michael, en el pozo de la granja
de Erik, cosas ya clausuradas; casi nunca hablamos de ellas o de las
precedentes aunque sabemos que pueden volver a la palabra sin hacernos
daño, al fin y al cabo el placer la delicia vinieron de ellas,
y la noche de la granja valió el precio que estamos pagando,
pero a la vez sentimos que todo eso está demasiado próximo
todavía, los detalles, Michael desnudo bajo la luna, cosas que
quisiéramos evitar fuera de los inevitables sueños; mejor
este bloque, entonces, other voices, other romms: la literatura y los
aviones, qué espléndidas drogas.
El mar
de las nueve de la mañana se lleva las últimas babas de
la noche, el sol y la sal y la arena bañan la piel con un caliente
tacto. Cuando vemos a las muchachas bajando por el sendero nos acordamos
al mismo tiempo, nos miramos. Sólo habíamos hecho un comentario
casi al borde del sueño en la alta noche: en algún momento
las voces del otro lado del bungalow habían pasado del susurro
a algunas frases claramente audibles aunque su sentido se nos escapara.
Pero no era el sentido el que nos atrajo en ese cambio de palabras que
cesó casi de inmediato para retornar al monótono, discreto
murmullo, sino que una de las voces era una voz de hombre.
A la hora
de la siesta nos llega otra vez el apagado rumor del diálogo
en la otra baranda. Sin saber por qué nos obstinamos en hacer
coincidir las dos muchachas del bungalow, y ahora que nada hace pensar
en un hombre cerca de ellas, el recuerdo de la noche pasada se desdibuja
para sumarse a los otros rumores que nos ha desasosegado, los perros,
las bruscas ráfagas de viento y lluvia, los crujidos en el techo.
Gente de ciudad, gente fácilmente impresionable fuera de los
ruidos propios, las lluvias bien educadas.
Además,
¿qué nos importa lo que pasa en el bungalow de al lado?.
Si estamos aquí es porque necesitábamos distanciarnos
de lo otro, de los otros. Desde luego no es fácil renunciar a
costumbres, a reflejos condicionados; sin decírnoslo, prestamos
atención a lo que apagadamente se filtra por el tabique, al diálogo
que imaginamos plácido y anodino, ronroneo de pura rutina. Imposible
reconocer palabras, incluso voces, tan semejantes en su registro que
por momentos se pensaría en un monólogo apenas entrecortado.
También así han de escucharnos ellas, pero desde luego
no nos escucha; para eso deberían callarse, para eso deberían
estar por razones parecidas a las nuestras, agazapadamente vigilantes
como la gata negra que acecha a un lagarto en la baranda. Pero no les
interesamos para nada: mejor para ellas. Las dos voces se alternan,
cesan, recomienzan. Y no hay ninguna voz de hombre, aún hablando
tan bajo la reconoceríamos.
Como siempre
en el trópico la noche cae bruscamente, el bungalow está
mal iluminado pero no nos importa; casi no cocinamos, lo único
caliente es el café. No tenemos nada que decirnos tal vez por
eso nos distrae escuchar el murmullo de las muchachas, sin admitirlo
abiertamente estamos al acecho de la voz del hombre aunque sabemos que
ningún auto ha subido a la colina y que los otros bungalows siguen
vacíos. Nos mecemos en las mecedoras y fumamos en la oscuridad;
no hay mosquitos, los murmullos vienen desde agujeros de silencio, callan,
regresan.
Si ellas
pudieran imaginarnos no les gustaría; no es que las espiemos
pero ellas seguramente nos verían como dos migalas en la oscuridad.
Al fin y al cabo no nos desagrada que la otra ala del bungalow esté
ocupada. Buscábamos la soledad pero ahora pensamos en lo que
sería la noche aquí si realmente no hubiera nadie en el
otro lado, imposible negarnos que la granja, que Michael están
todavía tan cerca. Tener que mirarse, hablar, sacar una vez más
la baraja o los dados. Mejor así, en las sillas de hamaca, escuchando
los murmullos un poco gatunos hasta la hora de dormir.
Hasta
la hora de dormir, pero aquí las noches no nos traen lo que esperábamos,
tierra de nadie en la que por fin o por un tiempo, no hay que
pretender más de lo posible- estaríamos a cubierto de
todo lo que empieza más allá de las ventanas. Tampoco
en nuestro caso la tontería es punto fuerte; nunca hemos llegado
a un destino sin prever el próximo o los próximos. A veces
parecería que jugamos a acorralarnos como ahora en una isla insignificante
donde cualquiera es fácilmente ubicable; pero eso forma parte
de una ajedrez infinitamente más complejo en el que el modesto
movimiento de un peón oculta jugadas mayores. La célebre
historia de la carta robada es objetivamente absurda. Objetivamente;
por debajo corre la verdad, y lo portorriqueños que durante años
cultivaron marihuana en sus balcones neoyorquinos o en pleno Central
Park sabían más de eso que muchos policías. En
todo caso controlamos las posibilidades inmediatas, barcos y aviones:
Venezuela y Trinidad están a un paso, dos opciones que resbalan
sin problemas en los aeropuertos. Esta colina inocente, este bungalow
para turistas pequeñoburgueses: hermosos dados cargados que siempre
hemos sabido utilizar en su momento. Delft está muy lejos, la
granja de Erik empieza a retroceder en la memoria, a borrarse como también
se irán borrando el pozo y Michael tan blanco y desnudo bajo
la luna.
Los perros
aullaron de nuevo intermitentemente, desde alguna de las cabañas
de la hondonada llegaron los gritos de una mujer bruscamente acallados
en su punto más alto, el silencio contiguo dejó pasar
un murmullo de confusa alarma en un semisueño de turistas demasiado
fatigadas y ajenas para interesarse de veras por lo que las rodeaba.
Nos quedamos escuchando, lejos del sueño. Al fin y al cabo para
qué dormir si después sería el estruendo de un
chaparrón en el techo o el amor lancinante de los gatos, los
preludios a las pesadillas, el alba en que por fin las cabezas se aplastan
en las almohadas y ya nada las invade hasta que el sol trepa a las palmeras
y hay que volver a vivir.
En la
playa, después de nadar largamente mar afuera, nos preguntamos
otra vez por el abandono de los bungalows. La cabaña del restaurante
con sus vasos y botellas obliga al recuerdo del misterio de la Mary
Celeste (tan sabido y leído, pero esa obsesionante recurrencia
de lo inexplicado, los marinos abordando el barco a la deriva con todas
la velas desplegadas y nadie a bordo, las cenizas aún tibias
en los fogones de la cocina, las cabinas sin huellas de motín
o peste. ¿Un suicidio colectivo?. Nos miramos irónicamente,
no es una idea que pueda abrirse paso en nuestra manera de ver las cosas.
No estaríamos aquí si alguna vez la hubiéramos
aceptado).
Las muchachas
bajan tarde a la playa, se doran largamente antes de nadar. También
allí, lo notamos sin comentarios, se hablan en voz baja, y si
estuviéramos más cerca nos llegaría el mismo murmullo
confidencial, el temor bien educado de interferir en la vida de los
demás. Si en algún momento se acercaran para pedir fuego,
para saber la hora... Pero el tabique de bambúes parece prolongarse
hasta la playa; sabemos que no nos molestaran.
La siesta
es larga, no tenemos ganas de volver al mar y ellas tampoco, las oímos
hablar en la habitación y después en la baranda. Solas,
desde luego. ¿Pero por qué desde luego?. La noche puede
ser diferente y las esperamos sin decirlo, ocupándonos de nada,
demorándonos en mecedoras y cigarrillos y tragos, dejando apenas
una luz en la baranda; las persianas del salón filtran en finas
láminas que no alejan la sombra del aire, el silencio de la espera.
No esperamos nada, desde luego. ¿Por qué desde luego,
por qué mentirnos si lo único que hacemos es esperar,
como en Delft, como en tantas otras partes?. Se puede esperar la nada
o un murmullo desde el otro lado del tabique, un cambio en las voces.
Más tarde se oirá un crujido de cama, empezará
el silencio lleno de perros, de follajes movidos por las ráfagas.
No va a llover esta noche.
Se van,
a las ocho de la mañana llega un taxi a buscarlas, el chofer
negro ríe y bromea bajándoles las valijas, los sacos de
playa, grandes sombreros de paja, raquetas de tenis.
Desde
la baranda se ve el sendero, el taxi blanco; ellas no pueden distinguirnos
entre las plantas, ni siquiera miran en nuestra dirección. La
playa está poblada de chicos de pescadores que juegan a la pelota
antes de bañarse, pero hoy nos parece aún más vacía
ahora que ellas no volverán a bajar. De regreso damos un rodeo
sin pensarlo, en todo caso sin decidirlo expresamente, y pasamos frente
a la otra ala del bungalow que siempre habíamos evitado. Ahora
todo está realmente abandonado salvo nuestra ala. Probamos la
puerta, se abre sin ruido, las muchachas han dejado la llave puesta
por dentro, sin duda de acuerdo con el gerente que vendrá o no
vendrá más tarde a limpiar el bungalow. Ya no nos sorprende
que las cosas queden expuestas al capricho de cualquiera, como los vasos
y los cubiertos del restaurante; vemos sábanas arrugadas, tollas
húmedas, frascos vacíos, insecticidas, botellas de coca-cola
y vasos, revistas en inglés, pastillas de jabón. Todo
está tan solo, tan dejado. Huele a colonia, un olor joven. Dormían
ahí, en la gran cama de sábanas con flores amarillas.
Las dos. Y se hablaban, se hablaban antes de dormir. Se hablaban tanto
antes de dormir.
La siesta
es pesada, interminable porque no tenemos ganas de ir a la playa hasta
que el sol está bajo. Haciendo café o lavando los platos
nos sorprendemos en el mismo gesto de atender, el oído tenso
hacia el tabique. Deberíamos reírnos pero no. Ahora no,
ahora que por fin y realmente es la soledad tan buscada y necesaria,
ahora no nos reímos.
Preparar
la cena lleva tiempo, complicamos a propósito las cosas más
simples para que todo dure y la noche se cierre sobre la colina antes
de que hayamos terminado de cenar. De cuando en cuando volvemos a descubrirnos
mirando hacia el tabique, esperando lo que ya está tan lejos,
un murmullo que ahora continuará en un avión o una cabina
de barco. El gerente no ha venido, sabemos que el bungalow está
vacío, que huele todavía a colonia y a piel joven. Bruscamente
hace más calor, el silencio lo acentúa o la digestión
o el hastío porque seguimos sin movernos de las mecedoras, apenas
hamacándonos en la oscuridad, fumando y esperando.
No lo
confesaremos, por supuesto, pero sabemos que estamos esperando. Los
sonidos de la noche crecen poco a poco, fieles al ritmo de las cosas
y los astros; como si los mismos pájaros y las mismas ranas de
anoche hubieran tomado posición y comenzando su canto en el mismo
momento. También el coro de perros (un horizonte de perros, imposible
no recordar el poema) y en la maleza el amor de las gatas que lacera
el aire. Sólo falta el murmullo de las dos voces del bungalow
de al lado, y eso sí es silencio, el silencio. Todo lo demás
resbala en los oídos que absurdamente se concentran en el tabique
como esperando. Ni siquiera hablamos, temiendo aplastar con nuestras
voces el imposible murmullo. Ya es muy tarde pero no tenemos sueño,
el calor sigue subiendo en el salón sin que nos ocurra abrir
las dos puertas. No hacemos más que fumar y esperar lo inesperable;
ni siquiera se nos ha dado por jugar como al principio con la idea de
que las muchachas podrían imaginarnos como migalas al acecho;
ya no están ahí para atribuirles nuestra propia imaginación,
volverlas espejos de esto que ocurre en la oscuridad, de esto que insoportablemente
nos ocurre.
Porque
no podemos mentirnos, cada crujido de las mecedoras reemplaza a un diálogo
pero a la vez lo mantiene vivo. Ahora sabemos que todo era inútil,
la fuga, el viaje, la esperanza de encontrar todavía un hueco
oscuro sin testigos, un refugio propicio al recomienzo (porque el arrepentimiento
no entra en nuestra naturaleza, lo que hicimos está hecho y lo
recomenzaremos tan pronto nos sepamos a salvo de las represalias). Es
como si de golpe toda la veteranía del pasado cesara de operar,
nos abandonara como los dioses abandonan a Antonio en el poema Cavafis.
Si todavía pensamos en la estrategia que garantizó nuestro
arribo a la isla, si imaginamos un momento en los horarios posibles,
los teléfonos eficaces en otros puertos y ciudades, lo hacemos
con la misma indiferencia abstracta con que tan frecuentemente citamos
poemas jugando las infinitas carambolas de la asociación mental.
Lo peor es que no sabemos porque, el cambio se ha operado desde la llegada,
desde los primeros murmullos al otro lado del tabique que presumíamos
una mera valla también abstracta para la soledad y el reposo.
Que otra voz inesperada se sumara un momento a los susurros no tenía
porque ir más allá de un banal enigma de verano, el misterio
de la pieza de al lado como el de la Mary Celeste, alimento frívolo
de siestas y caminatas. Ni siquiera le damos importancia especial, no
lo hemos mencionado jamás; solamente sabemos que ya es imposible
dejar de prestar atención, de orientar hacia el tabique cualquier
actividad, cualquier reposo.
Tal vez
por eso, en la alta noche en que fingimos dormir, no nos desconcierta
demasiado la breve, seca tos que viene del otro bungalow, su tono inconfundible
masculino. Casi una tos, más bien una señal involuntaria,
a la vez discreta y penetrante como lo eran los murmullos de las muchachas
pero ahora sí señal, ahora sí emplazamiento después
de tanta charla ajena. Nos levantamos sin hablar, el silencio ha caído
de nuevo en el salón, solamente uno de los perros aúlla
y aúlla a los lejos. Esperamos un tiempo sin medida posible;
el visitante del bungalow calla también, también acaso
espera o se ha echado a dormir entre las flores amarillas de las sábanas.
No importa, ahora hay un acuerdo que nada tiene que ver con la voluntad,
hay un término que prescinde de forma y de fórmulas; en
algún momento nos acercaremos sin consultarnos, sin tratar siquiera
de mirarnos en la
oscuridad. No necesitamos mirarnos, sabemos que estamos pensando en
Michael, en cómo Michael volvió a la granja Erik sin ninguna
razón aparente volvió aunque para él la granja
ya estaba vacía como el bungalow de al lado, volvió como
ha vuelto el visitante de las muchachas, igual que Michael y los otros
volviendo como las moscas, volviendo sin saber que los espera, que esta
vez vienen a una cita diferente. A la hora de dormir nos habíamos
puesto como siempre los camisones; ahora los dejamos caer como manchas
blancas y gelatinosas en el piso, desnudas vamos hacia la puerta y salimos
al jardín. No hay más que bordear el seto que prolonga
la división de las dos alas del bungalow; abrir la puerta sigue
cerrada pero sabemos que no lo está, que basta tocar el picaporte.
No hay luz dentro cuando entramos juntas; es la primera vez en mucho
tiempo que nos apoyamos la una en la otra para andar.
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