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La
banda
A la memoria
de René Crevel, que murió por cosas así.
En febrero
de 1947, Lucio Medina me contó un divertido episodio que acababa
de sucederle. Cuando en septiembre de ese año supe que había
renunciado a su profesión y abandonado el país, pensé
oscuramente una relación entre ambas cosas. No sé si a
él se le ocurrió alguna vez el mismo enlace. Por si le
es útil a la distancia, por si aún anda vivo en Roma o
en Birmingham, narro su simple historia con la mayor cercanía
posible.
Una ojeada
a la cartelera previno a Lucio que en el Gran Cine Ópera daban
una película de Anatole Litvak que se le había escapado
en la época de su paso por los cines del centro. Le llamó
la atención que un cine como el Ópera diera otra vez esa
película, pero en el 47 Buenos Aires ya andaba escaso de novedades.
A las seis, liquidado su trabajo en Sarmiento y Florida, se largó
al centro con el gusto del buen porteño y llegó al cine
cuando iba a empezar la función. El programa -anunciaba un noticiario,
un dibujo animado y la película de Litvak. Lucio pidió
una platea en fila doce y compró Crítica para evitarse
tener que mirar las decoraciones de la sala y los balconcitos laterales
que le producían legítimas náuseas. El noticiario
empezó en ese momento, y mucha gente entró a la sala mientras
bañistas en Miami rivalizan con las sirenas y en Túnez
inauguran un dique gigante. A la derecha de Lucio se sentó un
cuerpo voluminoso que olía a Cuero de Rusia de Atkinson, lo que
ya es oler. El cuerpo venía acompañado de dos cuerpos
menores que durante un rato bulleron intranquilos y sólo se calmaron
ala horade Donald Duck. Todo eso era corriente en un cine de Buenos
Aires, y sobre todo en la sección vermouth.
Cuando
se encendieron las luces, borrando un tanto el indescriptible cielo
estrellado y nebuloso, un amigo prolongó su lectura de Crítica
con una ojeada a la sala. Había algo ahí que no andaba
bien, algo no definible. Señoras preponderadamente obesas se
diseminaban en la platea, y al igual que la que tenía al lado
aparecían acompañadas de una prole más o menos
numerosa. Le extrañó que gente así sacara plateas
en el Ópera, varias de tales señoras tenían el
cutis y el atuendo de respetables cocineras endomingadas, hablaban con
abundancia de ademanes de neto corte italiano, y sometían a sus
niños a un régimen de pellizcos e invocaciones. Señores
con el sombrero sobre los muslos (y agarrado con ambas manos) representaban
la contraparte masculina de una concurrencia que tenía perplejo
a Lucio. Miró el programa impreso, sin encontrar más mención
que
la de las películas proyectadas y los programas venideros. Por
fuera todo estaba en orden. Desentendiéndose, se puso a leer
el diario y despachó los telegramas del exterior. A mitad del
editorial su noción del tiempo le insinuó que el intervalo
era anormalmente largo, y volvió a echarle una ojeada a la sala.
Llegaban parejas, grupos de tres o cuatro señoritas venidas con
lo que Villa Crespo o el Parque Lezama estiman elegante, y había
grandes encuentros, presentaciones y entusiasmos en distintos sectores
de la platea. Lucio empezó a preguntarse si no se habría
equivocado, aunque le costaba precisar cuál podía ser
su equivocación. En ese momento bajaron las luces, pero al mismo
tiempo ardieron brillantes proyectores de escena, se alzó el
telón y Lucio vio, sin poder creerlo, una inmensa banda femenina
de música formada en el escenario, con un canelón donde
podía leerse: BANDA DE "ALPARGATAS". Y mientras (me
acuerdo de su cara al contármelo) jadeaba de sorpresa y maravilla,
el director alzó la batuta y un estrépito inconmensurable
arrolló la platea so pretexto de una marcha militar.
-Vos comprendés,
aquello era tan increíble que me llevó un rato salir de
la estupidez en que había caído -dijo Lucio-. Mi inteligencia,
si me permitís llamarla así, sintetizó instantáneamente
todas las anomalías dispersas e hizo de ellas la verdad: una
función para empleados y familias de la compañía
"Alpargatas", que los ranas del Ópera ocultaban en
los programas para vender las plateas sobrantes. Demasiado sabían
que si los de afuera nos enterábamos de la banda no íbamos
a entrar ni a tiros. Todo eso lo vi muy bien, pero no creas que se me
pasó el asombro. Primero que yo jamás me había
imaginado que en Buenos Aires hubiera una banda de mujeres tan fenomenal
(aludo a la cantidad). Y después que la música que estaban
tocando era tan terrible, que el sufrimiento de mis oídos no
me permitía coordinar las ideas ni los reflejos. Tenía
al mismo tiempo ganas de reírme a gritos, de putear a todo el
mundo, y de irme. Pero tampoco quería perder el filme del viejo
Anatole, che, de manera que no me movía.
La banda
terminó la primera marcha y las señoras rivalizaron en
el menester de celebrarla. Durante el segundo número (anunciado
con un cartelito) Lucio empezó a hacer nuevas observaciones.
Por lo pronto la banda era un enorme carnelo, pues de sus ciento y pico
de integrantes sólo una tercera parte tocaba los instrumentos.
El resto era puro chiqué, las nenas enarbolaban trompetas y clarines
al igual que las verdaderas ejecutantes, pero la única música
que producían era la de sus hermosísimos muslos que Lucio
encontró dignos de alabanza y cultivo, sobretodo después
de algunas lúgubres experiencias en el Maipo. En suma, aquella
banda descomunal se reducía a una cuarentena de sopladoras y
tamborileras, mientras el resto se proponía en aderezo visual
con ayuda de lindísimos uniformes y caruchas de fin de semana.
El director era un joven por completo inexplicable si se piensa que
estaba enfundado en un frac que, recortándose como una silueta
china contra el fondo oro y rojo de la banda, le daba un aire de coleóptero
totalmente ajeno al cromatismo del espectáculo. Este joven movía
en todas direcciones una larguísima batuta, y parecía
vehementemente dispuesto a rimar la música de la banda, cosa
que estaba muy lejos de conseguir a juicio de Lucio. Como calidad, la
banda era una de las peores que había escuchado en su vida. Marcha
tras marcha, la audición continuaba en medio del beneplácito
general (repito sus términos sarcásticos y esdrújulos),
y a cada pieza terminada renacía la esperanza de que por fin
el centenar de budincitos se mandara mudar y reinara el silencio bajo
la estrellada bóveda del Ópera. Cayó el telón
y Lucio tuvo como un ataque de felicidad, hasta reparar en que los proyectores
no se habían apagado, lo que lo hizo enderezarse desconfiado
en la platea. Y ahí nomás telón arriba otra vez,
pero ahora un nuevo cartelón: LA BANDA EN DESFILE. Las chicas
se habían puesto de perfil, de los metales brotaba una ululante
discordancia vagamente parecida a la marcha El Tala, y la banda entera,
inmóvil en escena, movía rítmicamente las piernas
como si estuviera desfilando. Bastaba con ser la madre de una de las
chicas para hacerse la perfecta ilusión del desfile, máxime
cuando al frente evolucionaban ocho imponderables churros esgrimiendo
esos bastones con borlas que se revolean, se tiran al aire y se barajan.
El joven coleóptero abría el desfile, fingiendo caminar
con gran aplicación, y Lucio tuvo que escuchar interminables
da capo al fine que en su opinión alcanzaron a durar entre cinco
y ocho cuadras. Hubo una modesta ovación al finalizar, y el telón
vino como un vasto párpado a proteger los manoseados derechos
de la penumbra y el silencio.
-El asombro
se me había pasado -me dijo Lucio- pero ni siquiera durante la
película, que era excelente, pude quitarme de encima una sensación
de extrañamiento. Salí a la calle, con el calor pegajoso
y la gente de las ocho de la noche, y me metí en El Galeón
a beber un gin fizz. De golpe me olvidé por completo de la película
de Litvak, la banda me ocupaba como si yo fuera el escenario del Ópera.
Tenía ganas de reírme pero estaba enojado, comprendés.
Primero que yo hubiera debido acercarme a la taquilla del cine y cantarles
cuatro verdades. No lo hice porque soy porteño, lo sé
muy bien. Total, qué le vachaché ¿no te parece?
Pero no era eso lo que me irritaba, había otra cosa más
profunda. A mitad del segundo copetín empecé a comprender.
Aquí el relato de Lucio se vuelve de difícil transcripción.
En esencia (pero justamente lo esencial es lo que se fuga) sería
así: hasta ese momento lo había preocupado una serie de
elementos anómalos sueltos: el mentido programa, los espectadores
inapropiados, la banda ilusoria en la que la mayoría era falsa,
el director fuera de tono, el fingido desfile, y él mismo metido
en algo que no le tocaba. De pronto le pareció entender aquello
en términos que lo excedían infinitamente. Sintió
como si le hubiera sido dado ver al fin la realidad. Un momento de realidad
que le había parecido falsa porque era la verdadera, la que ahora
ya no estaba viendo. Lo que acababa de presenciar era lo cierto, es
decir lo falso. Dejó de sentir el escándalo de hallarse
rodeado de elementos que no estaban en su sitio, porque en la misma
conciencia de un mundo otro, comprendió que esa visión
podía prolongarse a la calle, a El Galeón, a su traje
azul, a su programa de la noche, a su oficina de mañana, a su
plan de ahorro, a su veraneo de marzo, a su amiga, a su madurez, al
día de su muerte. Por suerte ya no seguía viendo así,
por suerte era otra vez Lucio Medina. Pero sólo por suerte.
A veces
he pensado que esto hubiera sido realmente interesante si Lucio vuelve
al cine, indaga, y descubre la inexistencia de tal festival. Pero es
cosa verificable que la banda tocó esa tarde en el Ópera.
En realidad el cambio de vida y el destierro de Lucio le vienen del
hígado o de alguna mujer. Y después que no es justo seguir
hablando mal de la banda, pobres chicas.
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